miércoles, 22 de febrero de 2017

Muy puta y muy bonita

Puedes exigirle a la vida que te envíe señales mientras esta lleva años, semanas, días, gritándote para que dejes de darte contra el muro, o enviándote luminosos para que no des más pasos hacia el precipicio. Los motivos por los que no escuchas los bocinazos, o no te ciegas con las luces, son diversos. Puede ser  porque ya estás demasiado metido en el problema, y en este caso solo con la resolución del conflicto (se suele dar por agotamiento de recursos), y el paso del tiempo, recordarás los avisos. Innumerables seguro. Puede ser porque estés atado a algo, o a alguien, y esos lazos te estén tapando los oídos, o cerrando los ojos. Ante esto habría que saber que el amor verdadero no se rompe por la distancia, y tarda poco en volver a reunir a los amantes, y que las pertenencias o las ganancias no proporcionan la felicidad. Puede ser que no quieras darte cuenta porque no tengas el valor suficiente para tomar una determinación, porque en la mierda uno se puede sentir cómodo, porque a veces la infelicidad actúa como arenas movedizas, y cuanto más te quejas de ella más te sumerge en la desdicha, y más te inhabilita para salir.
Para captar las señales hay que mirar hacia atrás, siendo objetivos, sin carga emocional; repasar los gestos de un amor que no lo es, enumerar las veces que lo has intentado, y las formas en las que lo has hecho, pensar si encajas en el entorno, y por último preguntarte si tiene sentido seguir luchando en las circunstancias en las que lo estás haciendo.
Cuando ves las señales, aunque sea a toro pasado, todo se relativiza, comprendes que lo sucedido tiene sentido, y que has tenido suerte de haberte escapado, sea de la forma que sea. Comprender te libera, y las respuestas no suelen estar en la boca de otros, están en los gestos que ya has visto, en cómo te has sentido, en cómo te acostabas, cómo dormías y cómo te levantabas. Cuando algo está mal una parte de nuestro ser se da cuenta enseguida, pero a veces no solo no escuchamos a la vida, también nos ignoramos a nosotros.

De cualquier manera, ante una buena hostia siempre hay un aprendizaje que se fija, que ya no se borra y eso, aprender, es de las cosas más maravillosas que tiene el caminar por esta vida que es tan puta y tan bonita. 

Para Nat y Ginger... gracias.