Puedes exigirle a la vida que te envíe
señales mientras esta lleva años, semanas, días, gritándote para que dejes de
darte contra el muro, o enviándote luminosos para que no des más pasos hacia el
precipicio. Los motivos por los que no escuchas los bocinazos, o no te ciegas
con las luces, son diversos. Puede ser porque ya estás demasiado metido en el
problema, y en este caso solo con la resolución del conflicto (se suele dar por
agotamiento de recursos), y el paso del tiempo, recordarás los avisos. Innumerables
seguro. Puede ser porque estés atado a
algo, o a alguien, y esos lazos te estén tapando los oídos, o cerrando los ojos. Ante
esto habría que saber que el amor verdadero no se rompe por la distancia, y
tarda poco en volver a reunir a los amantes, y que las pertenencias o las
ganancias no proporcionan la felicidad. Puede ser que no quieras darte cuenta
porque no tengas el valor suficiente para tomar una determinación, porque en la
mierda uno se puede sentir cómodo, porque a veces la infelicidad actúa como
arenas movedizas, y cuanto más te quejas de ella más te sumerge en la desdicha,
y más te inhabilita para salir.
Para captar las señales hay que mirar hacia atrás, siendo objetivos, sin carga emocional; repasar los
gestos de un amor que no lo es, enumerar las veces que lo has intentado, y las
formas en las que lo has hecho, pensar si encajas en el entorno, y por último preguntarte
si tiene sentido seguir luchando en las circunstancias en las que lo estás
haciendo.
Cuando ves las señales, aunque
sea a toro pasado, todo se relativiza, comprendes que lo sucedido tiene sentido, y que has tenido suerte de haberte escapado, sea de la forma que sea.
Comprender te libera, y las respuestas no suelen estar en la boca de otros, están
en los gestos que ya has visto, en cómo te has sentido, en cómo te acostabas,
cómo dormías y cómo te levantabas. Cuando algo está mal una parte de nuestro
ser se da cuenta enseguida, pero a veces no solo no escuchamos a la vida,
también nos ignoramos a nosotros.
De cualquier manera, ante una
buena hostia siempre hay un aprendizaje que se fija, que ya no se borra y eso,
aprender, es de las cosas más maravillosas que tiene el caminar por esta vida
que es tan puta y tan bonita.
Para Nat y Ginger... gracias.