La tristeza se ha instalado en un hueco del pecho. Es como
un acompañante silencioso, no demasiado molesto, casi entrañable. Constante, no
deja de mirarme, me señala con su dedo hiriente hacia atrás, como si hiciera
falta. No hace falta.
Hay un manifestante furioso detrás de un muro, en el cerebro,
y salta levantando un cartel con frases lapidarias. Tiene razón en todo lo que
escribe, en todo lo que grita. Quiere luchar, pero solo no puede. Sus pancartas
cada vez tienen las letras más grandes y el muro cada día es más pequeño, pero se sigue ahogando cuando la tristeza le inunda.
Mi cuerpo se mueve por inercia. No le faltan objetivos. No
le falta fuerza. Le falta ilusión, le falta energía. No energía para descargar,
energía para despegar. Él, espera que el tiempo le cure, que la tristeza se
duerma y que el manifestante se coloque a los mandos para dirigir. Y yo le
espero, a mi cuerpo, para que me ayude, porque sin él no puedo.