Mi amiga Noelia siempre dice que
las cosas pasan por algo, que las personas o las situaciones aparecen y se dan
en tu vida para que tú resuelvas tus propios problemas. Para ella, que yo esté
en Sevilla es un mero trámite para que acabe de limar unas pequeñas aristas que
quedan de antiguas taras. Es una bonita forma de verlo, ya que le da al hecho la
condición de circunstancial y le añade rentabilidad.
Siendo una yonqui de la novedad,
de los estímulos, de las aventuras… he de decir que estoy algo apagada. No digo
que Sevilla no ofrezca posibilidades de entretenimiento, pero yo no las vivo de
la misma manera, es todo tranquilo y suave, no hay excitación, aceleración, no
quiero respirar las cosas para que se queden dentro de mí, simplemente las
contemplo y admiro.
Esta ciudad es muy bonita, de
noche, y muy limpia. Después de vivir impregnada de contaminación te das cuenta
de que la luz es distinta cuando no tiene que cruzar la capa tóxica, es como
tener la pantalla del ordenador al máximo de luminosidad, incluso molesta. Aquí
se sienten muy orgullosos de su ciudad, es como si vivieran al marguen de Andalucía,
Sevilla es lo mejor y más grande y los Sevillanos son unos seres únicos que
existen para enseñarnos al resto de los
mortales el secreto de la verdadera felicidad, porque los demás no tenemos ni
puta idea.
Ya he caminado mucho y lo más bonito que he
visto aquí es la plaza Espanya, aunque el puente de Triana iluminado también es
muy bonito, invierten mucho en iluminación y tienen un Tram al que le llaman
metro. También está el parque de la Alameda donde se bebe y se fuma hasta que
la policía te echa, como en la Plaça del Sol, y la calle Trajano a la que le he
cogido especial aprecio, tiene un bar donde hacen sesiones de Jazz, eso nunca
fui a verlo en Barcelona, una copistería barata, una tienda de impresión en
polaroid, un comercio muy hortera de decoración y la parada del bus que me deja
en la puerta de casa. El carril bici no tiene nada que envidiar al de Barna,
todo lo contrarío, esta ciudad es plana y puedes ir en bici donde te dé la
gana, tienes camino para ello. El río también ayuda mucho, aunque esté lleno de
mierda, como cualquier río, le da vidilla a la ciudad y es de lo más
cosmopolita. Caminando por su vereda lo mismo te encuentras a gente hablando en
Catalán, en Alemán o Ruso, que oyes conversaciones sobre nuevos proyectos de
medio ambiente, procesos políticos o sobre la extinción de otro animal. Los
barrios son muy barrios, los de la periferia, donde vive mayoritariamente gente
mayor e inmigración, la poca que hay. Yo vivo en uno de ellos, aquí te
encuentras al afilador bajándose de su moto y diciéndose así mismo “Ojú que
arte tengo”, también hay un matrimonio mayor al que tengo cosido a fotos,
siempre van de la mano, sonríen y se hablan bajito. Hay niños que usan palabras
más grandes que su cuerpo y que resuenan dentro de su cavidad oral como si de
un adulto se tratase “hasta los cojones me tienes, hijolagranputa” dicen mientras
se pasan la pelota amigablemente. Pero lo que más abunda en Sevilla son los
gritos, la gente grita constantemente, ya sea para explicar a un niño porque no
tiene que pegarle al perro, para discutir, para explicar un problema intimo,
para cantarte las ofertas del super o para recordarse el pin de la tarjeta de
crédito. Me sorprende que en la evolución de la especie no hayan surgido aquí
seres humanos capaces de cerrar los oídos.
Estoy bien en Sevilla y me muero
por pasar una noche en Barcelona. Logro, al parecer sin mucho esfuerzo,
mantener la balanza nivelada y solo se decanta hacia la ciudad condal cuando me
sube la energía y tengo ganas de quemar las calles, de hacer equipo, de
explorar hasta donde llega mi vergüenza y de pisar cada trocito de suelo del
Apolo. Por eso aquí, vivo a medio gas, porque no encontré pista para despegar.