domingo, 9 de octubre de 2016

Living in Sevilla



Mi amiga Noelia siempre dice que las cosas pasan por algo, que las personas o las situaciones aparecen y se dan en tu vida para que tú resuelvas tus propios problemas. Para ella, que yo esté en Sevilla es un mero trámite para que acabe de limar unas pequeñas aristas que quedan de antiguas taras. Es una bonita forma de verlo, ya que le da al hecho la condición de circunstancial y le añade rentabilidad. 
Siendo una yonqui de la novedad, de los estímulos, de las aventuras… he de decir que estoy algo apagada. No digo que Sevilla no ofrezca posibilidades de entretenimiento, pero yo no las vivo de la misma manera, es todo tranquilo y suave, no hay excitación, aceleración, no quiero respirar las cosas para que se queden dentro de mí, simplemente las contemplo y admiro.
Esta ciudad es muy bonita, de noche, y muy limpia. Después de vivir impregnada de contaminación te das cuenta de que la luz es distinta cuando no tiene que cruzar la capa tóxica, es como tener la pantalla del ordenador al máximo de luminosidad, incluso molesta. Aquí se sienten muy orgullosos de su ciudad, es como si vivieran al marguen de Andalucía, Sevilla es lo mejor y más grande y los Sevillanos son unos seres únicos que existen para enseñarnos al resto  de los mortales el secreto de la verdadera felicidad, porque los demás no tenemos ni puta idea.
Ya he caminado mucho y lo más bonito que he visto aquí es la plaza Espanya, aunque el puente de Triana iluminado también es muy bonito, invierten mucho en iluminación y tienen un Tram al que le llaman metro. También está el parque de la Alameda donde se bebe y se fuma hasta que la policía te echa, como en la Plaça del Sol, y la calle Trajano a la que le he cogido especial aprecio, tiene un bar donde hacen sesiones de Jazz, eso nunca fui a verlo en Barcelona, una copistería barata, una tienda de impresión en polaroid, un comercio muy hortera de decoración y la parada del bus que me deja en la puerta de casa. El carril bici no tiene nada que envidiar al de Barna, todo lo contrarío, esta ciudad es plana y puedes ir en bici donde te dé la gana, tienes camino para ello. El río también ayuda mucho, aunque esté lleno de mierda, como cualquier río, le da vidilla a la ciudad y es de lo más cosmopolita. Caminando por su vereda lo mismo te encuentras a gente hablando en Catalán, en Alemán o Ruso, que oyes conversaciones sobre nuevos proyectos de medio ambiente, procesos políticos o sobre la extinción de otro animal. Los barrios son muy barrios, los de la periferia, donde vive mayoritariamente gente mayor e inmigración, la poca que hay. Yo vivo en uno de ellos, aquí te encuentras al afilador bajándose de su moto y diciéndose así mismo “Ojú que arte tengo”, también hay un matrimonio mayor al que tengo cosido a fotos, siempre van de la mano, sonríen y se hablan bajito. Hay niños que usan palabras más grandes que su cuerpo y que resuenan dentro de su cavidad oral como si de un adulto se tratase “hasta los cojones me tienes, hijolagranputa” dicen mientras se pasan la pelota amigablemente. Pero lo que más abunda en Sevilla son los gritos, la gente grita constantemente, ya sea para explicar a un niño porque no tiene que pegarle al perro, para discutir, para explicar un problema intimo, para cantarte las ofertas del super o para recordarse el pin de la tarjeta de crédito. Me sorprende que en la evolución de la especie no hayan surgido aquí seres humanos capaces de cerrar los oídos.

Estoy bien en Sevilla y me muero por pasar una noche en Barcelona. Logro, al parecer sin mucho esfuerzo, mantener la balanza nivelada y solo se decanta hacia la ciudad condal cuando me sube la energía y tengo ganas de quemar las calles, de hacer equipo, de explorar hasta donde llega mi vergüenza y de pisar cada trocito de suelo del Apolo. Por eso aquí, vivo a medio gas, porque no encontré pista para despegar.